LA TRAMA DE LA NACIÓN
De la Revolución a la Unificación Argentina (1816–1880)
ÍNDICE
* INTRODUCCIÓN: El dilema de la libertad y el orden
* CAPÍTULO I: El parto de la Patria y las campañas de San Martín (1816–1820)
* CAPÍTULO II: La fragmentación y el nacimiento de las autonomías (1820–1824)
* CAPÍTULO III: El intento unificador y la fugaz presidencia de Rivadavia (1824–1827)
* CAPÍTULO IV: La hoguera de las guerras civiles: De Dorrego al Pacto Federal (1827–1831)
* CAPÍTULO V: La Confederación bajo la sombra de Rosas y el nudo aduanero (1831–1852)
* CAPÍTULO VI: El quiebre, la Constitución de 1853 y la brecha porteña (1852–1860)
* CAPÍTULO VII: La encrucijada de Pavón y la rebelión de las montoneras (1861–1863)
* CAPÍTULO VIII: Las Presidencias Fundacionales y la arquitectura del Estado (1862–1880)
* EPÍLOGO: La resolución del enigma argentino
INTRODUCCIÓN
El dilema de la libertad y el orden
La historia de la construcción de la República Argentina no fue un trayecto en línea recta, sino un violento y fascinante contrapunto entre el deseo de independencia y la incapacidad de acordar cómo gobernarse. Expulsar a las autoridades coloniales españolas resultó ser, paradójicamente, la tarea más sencilla; lo verdaderamente complejo fue responder a una pregunta que costó más de sesenta años de sangrientas luchas fratricidas y debates doctrinales: ¿quién tenía el derecho legítimo de mandar y cómo debía distribuirse la riqueza y la autoridad sobre el inmenso territorio rioplatense?
Esta obra narra esa travesía heroica y trágica. Es el relato de cómo una excolonia desmembrada, desprovista de un centro de poder reconocido y devorada por la anarquía, la guerra económica y los personalismos locales, logró transformarse hacia 1880 en un Estado nacional institucionalizado, unificado y moderno.
CAPÍTULO I
El parto de la Patria y las campañas de San Martín (1816–1820)
El año de 1816 comenzó bajo la sombra de la urgencia. Mientras la Restauración absolutista en Europa amenazaba con aplastar cualquier brote independentista en América, en la ciudad de San Miguel de Tucumán se reunió el Congreso General Constituyente. El 9 de julio de 1816, las Provincias Unidas del Río de la Plata proclamaron solemnemente su independencia de la corona española y de toda otra dominación extranjera. La forma ejecutiva de esta naciente entidad descansaba sobre el Directorio Supremo, una autoridad unipersonal centralizada en Buenos Aires, cuyo mando fue depositado en manos de Juan Martín de Pueyrredón.
Pueyrredón gobernó con puño firme entre mayo de 1816 y junio de 1819. Su gestión estuvo marcada por un objetivo de dimensiones continentales: brindar un respaldo económico, logístico y político decisivo al Plan Libertador diseñado por el general José de San Martín. Desde la gobernación de Cuyo, San Martín organizó minuciosamente el Ejército de los Andes, una maquinaria bélica disciplinada que en enero de 1817 realizó la proeza épica de cruzar las cumbres andinas para liberar a Chile y, posteriormente, proyectar el ataque marítimo sobre el corazón del poder realista en América: el Virreinato del Perú.
Sin embargo, los cimientos del Directorio eran frágiles. Mientras San Martín avanzaba sobre el Pacífico, en el frente interno el gobierno centralistamente instalado en Buenos Aires entró en un conflicto terminal con los caudillos federales del Litoral —liderados ideológicamente por José Gervasio Artigas y militarmente por Estanislao López en Santa Fe y Francisco Ramírez en Entre Ríos—. La promulgación de la Constitución centralista de 1819 por parte del Congreso atizó el rechazo de las provincias. Agotado políticos y militarmente, Pueyrredón renunció el 9 de junio de 1819, cediendo el cargo al general José Rondeau.
El destino del Directorio se selló el 1 de febrero de 1820 en la Batalla de Cepeda. Las fuerzas federales de López y Ramírez destrozaron a las tropas de Rondeau. El Directorio se derrumbó y el Congreso se disolvió. Tras un efímero interinato de diez días a cargo de Juan Pedro Aguirre, el 11 de febrero de 1820 el gobierno central desapareció por completo de la faz del territorio.
El impacto en la epopeya libertadora
La caída del Estado rioplatense colocó a San Martín en una encrucijada sin precedentes. Antes del colapso, el Directorio le había ordenado reiteradamente retornar con el Ejército de los Andes para sofocar a las montoneras federales. Fiel a su máxima ("Jamás desenvainaré mi espada para combatir a mis paisanos"), San Martín desobedeció la orden, priorizando la causa de la emancipación americana.
Pero al disolverse el poder que le había otorgado el mando, su autoridad legal tambaleó. El 2 de abril de 1820, en la travesía chilena, convocó a sus oficiales en lo que se conoció como el Acta de Rancagua. Allí, sus mandos militares le ratificaron el liderazgo por voto unánime, declarando que la autoridad de San Martín emanaba de la salud de la patria y de la voluntad de sus propios soldados.
Aislado del Río de la Plata, desprovisto de auxilio financiero y de tropas de refresco porteñas, San Martín debió sostener la campaña al Perú apoyado en el esfuerzo chileno conducido por Bernardo O'Higgins. Esta falta de respaldo nacional condicionó su estrategia militar, obligándolo a actuar con extrema cautela y desgaste político en Lima. Finalmente, sin el número de tropas necesario para destruir a las fuerzas realistas atrincheradas en la sierra, San Martín se vio empujado a la histórica Entrevista de Guayaquil (1822) con Simón Bolívar, cediendo la gloria de la culminación de la guerra al libertador venezolano y retirándose dignamente al exilio europeo en febrero de 1824, justo cuando la provincia de Buenos Aires era gobernada por Martín Rodríguez con Bernardino Rivadavia como ministro.
CAPÍTULO II
La fragmentación y el nacimiento de las autonomías (1820–1824)
Tras la humillación de Cepeda en 1820, las Provincias Unidas dejaron de existir como un Estado integrado. Se inició el período conocido como la Anarquía del Año XX, caracterizado por la ausencia de un presidente, un parlamento o una constitución común.
El territorio se atomizó en un conjunto de provincias autónomas y soberanas. Cada territorio local asumió las atribuciones de un Estado independiente: dictaron sus propias normas, eligieron a sus gobernadores —emergiendo la figura de los caudillos como garantes del orden rural—, cobraron impuestos y organizaron sus propias milicias.
Para evitar la anarquía absoluta y el riesgo de una invasión extranjera, las provincias apelaron a la diplomacia interprovincial. Una serie de acuerdos bilaterales y multilaterales tejió la delgada trama que mantuvo unido al país:
* Tratado del Pilar (febrero de 1820): Firmado entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, proclamó la adopción del sistema federal y el fin del centralismo.
* Tratado de Benegas (noviembre de 1820): Consolidó la paz entre porteños y santafesinos.
* Tratado Cuadrilátero (enero de 1822): Alianza defensiva entre Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes frente a las amenazas del Imperio del Brasil.
Asimismo, para salvar las apariencias ante las potencias del mundo, las provincias acordaron un mecanismo práctico: delegaron de manera unánime el manejo de las Relaciones Exteriores y la Representación Diplomática en el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
En Buenos Aires, este período coincidió con la llamada "Feliz Experiencia" bajo el gobierno de Martín Rodríguez (1820–1824). Guiado por la ambiciosa mentalidad reformista de su ministro Bernardino Rivadavia, Buenos Aires dio la espalda a la sangrienta realidad del interior. Aprovechando el monopolio de las rentas de su puerto y su aduana, la provincia vivió una etapa de prosperidad: fundó la Universidad de Buenos Aires, modernizó la administración, suprimió el cabildo colonial, creó el Banco de Descuentos y contrató en Gran Bretaña el polémico empréstito con la casa Baring Brothers. Mientras tanto, el interior mediterráneo se hundía en el estancamiento económico y el aislamiento.
CAPÍTULO III
El intento unificador y la fugaz presidencia de Rivadavia (1824–1827)
El espejismo de la fragmentación tranquila comenzó a romperse hacia 1824, cuando los delegados de todas las provincias volvieron a reunirse en Buenos Aires en un Congreso General Constituyente con la meta de redactar, finalmente, una Constitución Nacional.
Sin embargo, dos urgencias exógenas aceleraron precipitadamente los tiempos políticos:
* La Guerra con el Imperio del Brasil (1825–1828): En 1825, la Banda Oriental (actual Uruguay) logró expulsar a las fuerzas de ocupación brasileñas y declaró su reincorporación a las Provincias Unidas. La respuesta de Río de Janeiro fue la declaración de guerra y el bloqueo naval del Río de la Plata. La nación precisaba con urgencia un mando ejecutivo unificado y un ejército nacional para hacer frente al conflicto.
* La creación de la Presidencia: En febrero de 1826, mediante una maniobra legislativa previa a la sanción de la propia Constitución, el Congreso sancionó la Ley de Presidencia. Bernardino Rivadavia fue electo como el primer Presidente de la República Argentina.
El mandato de Rivadavia (8 de febrero de 1826 – 27 de junio de 1827) duró tan solo un año y cuatro meses, colapsando aplastado por sus propias contradicciones centralistas:
* La Ley de Capitalización: Rivadavia declaró a toda la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores como capital de la República, desmembrando la provincia porteña y despojando a su élite local del control exclusivo del puerto y la aduana. Esto le valió el odio despiadado de los federales porteños.
* La Constitución Unitaria de 1826: El proyecto constitucional impulsado por su facción proclamó un régimen fuertemente centralista que permitía al Presidente nombrar a dedo a los gobernadores provinciales. Las provincias del interior la rechazaron en masa.
* El acuerdo escandaloso con Brasil: Pese a que las tropas argentinas obtenían brillantes victorias militares en el frente de batalla (como en Ituzaingó), el enviado diplomático de Rivadavia, Manuel José García, firmó en Río de Janeiro un tratado de paz desastroso que cedía la Banda Oriental al Imperio.
El repudio popular ante el acuerdo pacificador forzó la renuncia de Rivadavia el 27 de junio de 1827. La figura del Presidente fue abolida de inmediato, el Congreso se disolvió y el país volvió a caer estrepitosamente en el esquema de las autonomías provinciales.
CAPÍTULO IV
La hoguera de las guerras civiles: De Dorrego al Pacto Federal (1827–1831)
Tras la huida de Rivadavia, asume de forma provisoria Vicente López y Planes para convocar a elecciones en Buenos Aires. El triunfo en las urnas coronó al líder del federalismo porteño, el coronel Manuel Dorrego, como nuevo gobernador. Dorrego logró anular el vergonzoso tratado con Brasil y negoció la paz reconociendo la independencia de la Banda Oriental como Estado soberano (nacimiento del Uruguay).
Sin embargo, el odio entre las facciones ya había madurado. Las tropas del ejército de línea que regresaban del frente oriental, indoctrinadas por la logia unitaria y resentidas por la gestión de la paz, perpetraron un golpe de Estado el 1 de diciembre de 1828, liderado por el general Juan Lavalle.
Dorrego huyó al campo para unirse a las milicias rurales, pero fue derrotado en la Batalla de Navarro. El 13 de diciembre de 1828, en un acto que inauguró una etapa de ferocidad inédita, Lavalle ordenó el fusilamiento de Dorrego sin juicio previo.
La fractura total del país (1829–1831)
La ejecución de Dorrego encendió una hoguera de violencia que dividió a la Argentina en dos bloques militares perfectamente definidos y armados hasta los dientes:
* La Liga Unitaria (o Liga del Interior): El brillante estratega militar José María Paz tomó el control de Córdoba en 1829 tras vencer a Juan Bautista Bustos. Paz infligió dos derrotas devastadoras a la caballería federal de Facundo Quiroga en las batallas de La Tablada (1829) y Oncativo (1830). Tras esto, Paz extendió sus garras sobre el Noroeste y Cuyo, creando en agosto de 1830 la Liga Unitaria y asumiendo como su Supremo Jefe Militar.
* El bloque Federal: Frente a la amenaza de Paz, en Buenos Aires emergió con fuerza descollante la figura de Juan Manuel de Rosas, un poderoso estanciero que pacificó la campaña porteña y fue electo gobernador en 1829 con "Facultades Extraordinarias". Rosas tejió una alianza inquebrantable con Estanislao López (Santa Fe) y Pedro Ferré (Corrientes).
El 4 de enero de 1831, Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firmaron el Pacto Federal, una alianza defensiva-ofensiva contra la Liga Unitaria que serviría, con el tiempo, como la verdadera piedra angular e institucional del país durante dos décadas.
El desenlace de esta cruenta guerra civil llegó en mayo de 1831 por un hecho tan fortuito como insólito: el caballo del general Paz fue enganchado por las boleadoras de un soldado federal en los campos de Santa Fe y cayó prisionero de Estanislao López. Sin el genio organizador de Paz, la Liga Unitaria se desmoronó. Facundo Quiroga, reorganizado y financiado por Rosas, destruyó los últimos remanentes unitarios al mando de Gregorio Aráoz de Lamadrid en la Batalla de La Ciudadela (Tucumán, noviembre de 1831). El federalismo había triunfado de punta a punta en el país.
CAPÍTULO V
La Confederación bajo la sombra de Rosas y el nudo aduanero (1831–1852)
Derrotada la Liga Unitaria, todas las provincias se adfirieron al Pacto Federal. Nacía formalmente la Confederación Argentina. Sin embargo, este no era un Estado formal con Constitución, sino una asociación de 14 provincias soberanas que delegaban de forma unánime el manejo de las Relaciones Exteriores en el Gobernador de Buenos Aires: Juan Manuel de Rosas.
Rosas ejerció un dominio hegemónico en dos mandatos (1829–1832 y 1835–1852). Tras el asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco (1835), la Legislatura le otorgó a Rosas la Suma del Poder Público (la concentración de los tres poderes del Estado en su persona). Rosas impuso un régimen de estricta unanimidad política bajo la consigna "¡Viva la Santa Federación! ¡Mueran los salvajes unitarios!", persiguiendo sin piedad a toda oposición mediante la Mazorca.
El nudo gordiano: La Aduana de Buenos Aires
Detrás de la retórica política se escondía un conflicto económico visceral entre Buenos Aires y las provincias del Interior y del Litoral:
* Apropiación exclusiva de la renta: El puerto de Buenos Aires era la única puerta de entrada y salida del comercio internacional. Rosas embolsaba en el tesoro de su provincia la totalidad de las rentas de la Aduana nacional, negándose a compartirlas o nacionalizarlas.
* Cierre de los ríos interiores: Rosas prohibió la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Todos los buques extranjeros debían pasar, descargar y pagar impuestos obligatoriamente en el puerto de Buenos Aires, asfixiando el comercio directo de provincias fluviales como Entre Ríos y Corrientes.
* El choque proteccionista: Aunque Rosas intentó aplacar el malestar del interior artesanal con la Ley de Aduana de 1835 (imponiendo aranceles a las manufacturas importadas), la política económica de Buenos Aires siguió priorizando la exportación de cuero y tasajo de sus propios estancieros.
Rosas usó el Pacto Federal para posponer indefinidamente la convocatoria a un Congreso Constituyente, argumentando que las provincias debían "organizarse internamente" antes de dictar una Constitución. La Confederación se mantuvo cohesionada mediante el látigo del terror, el dinero de la aduana y la hábil resistencia de Rosas frente a agresiones extranjeras (el Bloqueo Francés de 1838-1840 y el Bloqueo Anglo-Francés de 1845-1850).
Pero el sistema crujió cuando tocó los intereses del Litoral. El 1 de mayo de 1851, el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, cansado de la asfixia económica y del aplazamiento constitucional, emitió su famoso Pronunciamiento: aceptó la renuncia formal que Rosas presentaba todos los años a la cancillería y reasumió la soberanía de Entre Ríos.
Urquiza conformó el Ejército Grande con tropas de Entre Ríos, Corrientes, Uruguay y el Imperio del Brasil. El 3 de febrero de 1852, en la Batalla de Caseros, Urquiza destruyó al ejército de Rosas. El Restaurador de las Leyes juntó sus pertenencias y partió en un buque británico al exilio definitivo en Inglaterra.
CAPÍTULO VI
El quiebre, la Constitución de 1853 y la brecha porteña (1852–1860)
Liberadas del yugo rosista, las provincias firmaron el Acuerdo de San Nicolás en mayo de 1852, nombrando a Urquiza como Director Provisorio y convocando al anhelado Congreso Constituyente en Santa Fe.
Pero Buenos Aires no estaba dispuesta a ceder sus privilegios. En la llamada Revolución del 11 de Septiembre de 1852, las élites porteñas (lideradas por Bartolomé Mitre, Valentín Alsina y Pastor Obligado) se rebelaron contra Urquiza, rechazaron San Nicolás y se separaron del país.
El nacimiento de la Constitución (1853)
Pese a la defección porteña, el Congreso de Santa Fe avanzó y el 1 de mayo de 1853 sancionó la Constitución Nacional de la República Argentina, inspirada en las ideas de Juan Bautista Alberdi. La Carta Magna resolvió el dilema histórico cortando el nudo aduanero:
* Artículo 4°: Declaró que las rentas aduaneras pertenecían exclusivamente al Tesoro Nacional.
* Artículos 9° y 10°: Suprimió todas las aduanas interiores.
* Artículo 26°: Consagró la libre navegación de los ríos interiores para todas las banderas.
Dos países enfrentados (1853–1860)
Durante casi una década, el territorio argentino vivió escindido en dos Estados independientes:
* La Confederación Argentina: Con capital en la ciudad de Paraná (Entre Ríos) y presidida por Urquiza. Tenía la legitimidad constitucional pero estaba sumida en una ruina económica absoluta al carecer de las rentas aduaneras.
* El Estado de Buenos Aires: Rico, próspero y aislado, monopolizaba la aduana y se negaba a integrarse si debía compartir sus finanzas.
Urquiza intentó estrangular económicamente a los porteños aprobando la Ley de Derechos Diferenciales (1856), pero fue en vano. La vía armada se volvió inevitable. En octubre de 1859, el ejército confederado de Urquiza venció a las tropas porteñas de Mitre en la Batalla de Cepeda.
Acorralada, Buenos Aires firmó el Pacto de San José de Flores (11 de noviembre de 1859), aceptando reincorporarse a la Nación bajo la condición de revisar el texto constitucional. En la Reforma Constitucional de 1860, Buenos Aires logró introducir salvaguardas clave: se garantizó que el Estado Nacional compensaría financieramente el presupuesto de la provincia porteña por las rentas ceditas y se suavizaron cláusulas que afectaban su autonomía fiscal.
CAPÍTULO VII
La encrucijada de Pavón y la rebelión de las montoneras (1861–1863)
La concordia de 1860 fue un simple espejismo. Las rencillas entre el gobierno de la Confederación (ahora presidido por Santiago Derqui) y el Estado de Buenos Aires (gobernado por Bartolomé Mitre) desembocaron en el choque definitivo: la Batalla de Pavón, el 17 de septiembre de 1861.
La batalla marchaba de forma favorable para la Confederación: la legendaria caballería entrerriana de Urquiza destrozó las alas de la caballería porteña. Sin embargo, en el centro del campo, la infantería de Mitre logró avanzar. De manera sorpresiva e incomprensible para sus contemporáneos, Urquiza ordenó el repliegue de sus tropas vencedoras y abandonó el campo de batalla, retirándose a Entre Rí
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